¡¡¡La aventura continúa!!!

Bienvenidos a nuestro blog en la segunda etapa.









viernes, 12 de febrero de 2016

San Agustín y su parque arqueológico


Una vez situados en el camping llamado Gamcelat, con cuyos propietarios, Patricia y Manuel, establecimos estrechos vínculos de amistad a causa de las circunstancias que nos tocó vivir en su campamento, en el que un problema de salud nos obligó a consultas médicas, análisis y hasta una ecografía que hubieran resultado mucho más complicados sin su ayuda desinteresada, así como la del profesor de la universidad de Bogotá Federman Contreras que colaboró con traslados en su coche particular y con todo lo que en su mano estuvo.
Gracias a todos ellos, no olvidaremos sus atenciones y amabilidad. Nos gustaría mucho poder devolverles siquiera una mínima parte si deciden visitar España, en donde los esperamos con los brazos abiertos.
Pasado lo peor del mal trago arrancamos hacia el Parque arqueológico San Agustín, en donde, a través de un muy bien organizado recorrido, se pueden visitar varias zonas de enterramientos con sus correspondientes y misteriosas estatuas. Poco o nada se sabe de sus autores. Allí vivieron desde el siglo II a.c. hasta varios siglos después de comenzada nuestra era. Sin embargo todo son especulaciones, pues al no haber ninguna constancia escrita, solamente podemos intentar interpretar sus tumbas, estatuas y pinturas. Todo un misterio, pero un bonito misterio en el que investigar.
Desde allí pusimos rumbo a los dos enclaves más importantes en los que se encuentran otros enterramientos: el Alto de lo Ídolos y el Alto de las Piedras. De nuevo decir que con una gran organización y cuidado se presentan nuevos túmulos y esculturas verdaderamente interesantes.
Cumplidas las visitas tomamos dirección hacia Popayán, por donde pasaríamos tras una infernal carretera,  hacia el pueblo de Silvia, en el que al día siguiente se celebraba el tradicional mercado. En Silvia y sus alrededores habita una etnia, los Guambianos que todos los martes se acercan al pueblo a comprar y vender sus productos. No se trata de un mercado para que los turistas hagan fotografías, sino que se trata de "su mercado". Tanto hombres como mujeres van ataviados con falda. La de ellas es de vuelo, siempre negra y siempre con unas rayas finas blancas. Calzan botas y portan un sobrero de tipo hongo. Los hombres llevan una falda hasta la mitad de la pantorrilla siempre azul y ribeteada de rosa, así mismo llevan botas y sombrero hongo. Ambos sexos se cubren con un chal azul y rosa.
Resulta sorprendente observar a estas personas que, lógicamente viven en nuestro tiempo con sus motocicletas, móviles y demás aparatos de la vida actual, pero ataviados de la manera descrita.
En Silvia pasamos una agradable velada con Gustavo y su familia, a quién habíamos conocido en San Agustín y que nos había invitado a pasar por su casa. Pertenecen a la etnia Páez que habita en la zona de Tierradentro y de nuevo nos vimos agasajados con su amabilidad y deleitados con una interesante charla.
Gustavo prepara una especie de cooperativa indígena para producir quesos y tiene contacto con personas en España (concretamente en Idiazábal) para conseguir sus objetivos.

Imágenes del Parque Arquelógico San Agustín











 En el Parque del Alto de los Ídolos





 Alto de las Piedras

El pueblo de Sivia

 Un recorrido por el mercado de Silvia









jueves, 4 de febrero de 2016

Colombia, el último de los trece países de América del Sur que nos falta de visitar


Entramos en Colombia y después del embrollo de atravesar la ciudad de Ipiales para conseguir el seguro del camión hacemos el camino hacia Pasto.
Empezamos a tener constancia de algo de lo que ya nos habían avisado: los conductores colombianos son los peores. Pues sí. Lo son.
Pasamos la primera noche en un lado de a carretera entre Pasto y Popayán que parece que ya es segura tras varios años en los que circular por ella era peligroso y por la mañana afrontamos los 180 kilómetros que nos separaban de Popayán.
Descontando las paradas, nos costaron alrededor de 5 horas. La carretera está solamente regular y sube y baja de forma vertiginosa durante todo el trayecto y en cada curva corrimos el riesgo de encontrarnos con un suicida que adelantaba, hasta llegar al colmo: salimos de una curva a la izquierda totalmente ciega y nos encontramos dos semirremolques adelantando a otro camión en plena curva. Tuvimos que detenernos como pudimos y cruzarnos todos. Nosotros por la cuneta y los otros no puedo decirlo, porque en esas ocasiones es mejor no mirar.
Llegamos a Popayán totalmente rotos. Y lo único que logró mejorar un poco la situación fue encontrar un camping muy agradable y aceptablemente acondicionado en el que estuvimos dos días reponiendonos y como base para la visita de la ciudad.
Popayán tiene un muy bonito centro colonial, todo encalado en blanco, con preciosos edificios e iglesias.
Desde allí comenzamos un circuito por la Colombia profunda que nos llevaría en primer lugar a San Andrés de Pisimbalá en donde se encuentra el Parque arqueológico de Tierradentro, que alberga varios núcleos de tumbas escavadas en el suelo de los siglos VII al IX.
De los múltiples recorridos por el parque hicimos el más suave para visitar los enclaves de Tablones, Alto del Duende y Alto de Segovia en los que se pueden ver algunas de las esculturas monolíticas que se encontraron allí y los mejores túmulos, alguno de los cuales está profusamente decorado con pinturas en un estado aceptable de conservación.
En la mañana siguiente, yo solo, debido a que el recorrido se presentaba muy duro para Pilar (lo fue también para mi), ascendí al alto del Aguacate tras algo más de dos horas de camino muy empinado. La tumbas que allí se alinean en un gran número no son mucho más que simples cuevas, pero la panorámica desde la cumbre es magnífica.

De nuevo en camino, ahora hacia el Parque arqueológico de San Agustín a unos 130 kilómetros a recorrer, en su mayor parte por malas carreteras que se convertían en malas pistas sin  previo aviso, pero a través de fantásticos paisajes. 

Colocando la bandera de Colombia. Completamos con ella los países de nuestra primera etapa.


Bonitos paisajes durante el recorrido inicial por Colombia



Las omnipresentes patrullas militares.


 Popayán. Un precioso centro colonial bastante bien conservado


Pareja de la etnia Páez con el atuendo típico




 


Ídolos del Parque arqueológico de Tierradentro


Durante el recorrido por los sitios arqueológicos de Tierradentro


Una de las difíciles entradas a los túmulos

 Interior de alguno de los túmulos del Alto de Segovia



 El transporte típico de Colombia: "La cabra"
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 San Andrés de Pisimbalá. Nustro cuartel general durante la visita al Parque arqueológico

 Una escuela rural en una aldea perdida en las montañas a más de una hora a pie de cualquier sitio

 Magníficas vistas desde el Alto del Aguacate con decenas de túmulos excavados



jueves, 28 de enero de 2016

Últimos días en Ecuador


Dos noches tranquilas a la orilla del lago San Pablo aprovechando el día intermedio para la visita del parque y cascada de Peguche y el propio Otávalo.
Aunque la ciudad no ofrece grandes motivos arquitectónicos, nos permitió un agradable paseo por la zona centro en la que se encuentra un mercado típico en donde todas las mujeres y muchos hombres van ataviados a la usanza, no como un atractivo turístico, sino que es su día a día en el que no han perdido sus costumbres y tradiciones. Las mujeres visten una complicada falda larga y negra que deja ver por una abertura un forro blanco haciendo un original efecto. Esta falda, que en realidad es una pieza rectangular de tela, se ajusta a la cintura con una vistosa faja bordada de muchos colores. El atuendo se completa con una blusa blanca con la pechera profusamente bordada en vivos colores, un sinfín de collares a modo de gargantilla y un airoso sombrero.
Hicimos algunas compras en el mercado y regresamos para pernoctar de nuevo a la orilla del lago San Pablo.
Un corto desplazamiento para llegar a Ibarra, en donde teníamos referencia de un camping digno de ese nombre, propiedad de un matrimonio alemán.
Allí nos dirigimos  para comprobar que era la primera instalación merecedora de la calificación como camping de todo nuestro ya largo periplo por América del Sur.
Hans y Patricia, alemanes al fin y al cabo, saben qué es un camping y qué esperan los que allí llegan. En un agradable lugar a la orilla de un lago y con un único inconveniente en la proximidad de un circuito de automovilismo en el que se celebraron varias carreras durante nuestra estancia. Comentaremos también los excelentes platos que sirven en el restaurante y con precios realmente ajustados.
De nuevo en marcha, una fatigosa jornada, corta en kilómetros, pero eterna a causa de la carretera y del tráfico nos llevó hasta la ciudad fronteriza de Tulcán.
Allí pudimos dejar asegurada la opinión que nos habíamos ido formando sobre el país a lo largo de nuestro recorrido: Si bien posee un precioso paisaje y unas gentes amables, a nosotros nos resultó el menos agradable de los países que habíamos recorridos. Cualquier cosa que hagas, que precises o que planees presenta problemas. En este caso, llegábamos a Tulcán con el depósito casi a cero de combustible con el objetivo de llenar a tope antes de pasar a Colombia al ser el precio allí algo más del doble que en Ecuador. Pues bien, el Estado entiende que todo el que reposta en Tulcán es un contrabandista de combustible y las estaciones de servicio pasaron de la más desagradable en la que nos dijeron que “no servían a los turistas” hasta la actitud más extendida de ofrecernos un máximo de 30$ equivalentes a unos 110 litros, es decir, menos de un tercio de nuestro depósito. Acudimos a la policía, en donde nos dijeron que a nosotros, con placa española nos tenían que servir lo que pidiéramos pero ni con la amenaza de avisar de llamar a la comisaría conseguimos más de 50$. Pusimos la cantidad que nos habían ofrecido y otro tanto en una segunda gasolinera, pasamos la noche en la ciudad y por la mañana conseguimos el resto antes de presentarnos en la frontera.
Creo que ya pusimos algún comentario respecto de la frontera de entrada y las consecuencias de aquella surrealista gestión se hicieron presentes de nuevo al salir. Según parece la transmisión de los datos recogidos en la frontera por la que entramos tarda meses en estar incorporada al sistema informático, por lo que para salir deberíamos presentar un montón de fotocopias de toda la documentación que por supuesto, aunque el fallo fuera de la administración ecuatoriana, debíamos ser nosotros quienes las costeáramos. Lo único que conseguimos fue protestar dejando clara nuestra opinión sobre el país, pero pasando por el aro.

La entrada en Colombia, aunque algo más sencilla y agradable, tampoco estuvo exenta de problemas.

Desde nuestro campamento a orillas del lago San Pablo


Parque y cascada de Peguche


¡Por fin conseguimos pillar un colibrí!

El mercado de Otávalo