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jueves, 15 de octubre de 2015

El regreso a Perú


En dos jornadas y media, rodando por carreteras totalmente destrozadas, estábamos en la frontera con Perú con un alto en carretera y otro en  Xapuri, un pueblo muy agradable que ya conocíamos del paso en dirección contraria hace un año casi exacto.
He dudado si relatar o no un incidente que tuvimos en un control de carretera aún en Brasil, pero por si puede servir a otros he decidido resumirlo.
Llegábamos a uno de los controles habituales en Brasil cuando se pasa de un estado a otro, un agente de la policía militar nos indica que podemos seguir y cuando comienzo a rodar veo en el espejo retrovisor que otro, con malos modales golpea el lateral del camión haciendo señas para que nos detengamos. Paro y nos indica que nos apartemos a la derecha, lo que procedo a hacer deteniéndome en una explanada llena de camiones. Cuando llega a nuestra altura, el policía alarga el brazo con intención de abrir la puerta del camión y como nuestras puertas llevan instalado un amortiguador de gas y hay que sujetarlas al abrir, yo la sujeto desde dentro al tiempo que le digo “Yo abro por favor”. El individuo monta en cólera, apoya sus pies en la rueda del camión y con toda su fuerza intenta abrir la puerta que yo sigo sujetando. Como al tiempo no para de gritar, en cuestión de segundos, cinco soldados armados con fusiles automáticos rodean la cabina apuntándonos con sus armas. Cedo en mi esfuerzo de sujetar la puerta y ésta se abre.
El animal vestido de policía está hecho una furia y yo creo que lo superaba en enfado. Ante los cañones de la armas nos enfrentamos a él y por mi parte  le intento explicar porqué quería ser yo quien  abriera la puerta. Quedó claro que no estaba por la labor de comprender estando además bajo la abochornada mirada de sus subordinados tras recriminarle su actuación. Había montado un espectáculo estúpido para  hacer bajar a dos personas mayores y extranjeras de un motor home bajo la amenaza de cinco fusiles.
Pidió la documentación y tras oírme pedir el teléfono para denunciar a la embajada española la agresión gratuita de la que estábamos siendo objeto,  parece que suavizó un tanto la postura yendo a pedir la intercesión de los amigos venezolanos que nos acompañaban en otro vehículo.
Tras la intervención de Iván que además habla portugués y un amago de velada disculpa por parte del déspota cuando se aseguró de que solamente le podía oír yo, proseguimos nuestro camino con un más que respetable cabreo y un fuerte dolor de cuello producido en el esfuerzo de retener la puerta estando sujeto por el cinturón de seguridad.
En fin, no vamos a permitir que la conducta de un perfecto déspota enturbie la fantástica opinión que nos merece la gente Brasil, pero en circunstancias como ésta recuerdo el letrero que vi una vez y que decía: “Hace un día maravilloso, seguro que llega alguien y lo jode”

Una vez en Perú, pasamos la cordillera a 4.760 metros, celebramos el regreso comprando y disfrutando de una cena a base de chancho (cerdo) asado en plena calle que Pilar compró a una señora en la plaza de Urcos y llegamos a Cuzco con el camión tosiendo a causa de la altura. La ciudad con su belleza nos hizo olvidar enseguida los sinsabores de unas jornadas que, de no haber sido por el incidente, hubieran resultado tranquilas.


















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