¡¡¡La aventura continúa!!!

Bienvenidos a nuestro blog en la segunda etapa.









domingo, 20 de septiembre de 2015

Suriname y Guyana


Tras desembarcar realizamos los trámites de aduana con compra del seguro para el camión incluida, que resultó a buen precio y comenzamos a rodar por una buena carretera aunque con circulación por la izquierda.
Un alto para comprar fruta que al fin encontrábamos a un precio razonable y a media tarde entrábamos en Paramaribo.
Aunque habíamos contactado vía Email con Julien a quién Pilar había conocido en Montsinery cuando se acerco a ver el camión  e interesarse por nuestro viaje para que nos indicara algún lugar en la ciudad para estacionar el camión, un vistazo a la App  Ioverlander nos había dado a conocer la posibilidad de hacerlo en un casi-camping situado en Domburg a unos 20 km de Paramaribo.
Con algunas dificultades a causa de un puente que hubo que rodear por la restricción de peso, llegamos al lugar que resultó de lo más adecuado: limpísimo, wifi, agua, luz, piscina y todo tipo de amabilidades nos dieron la bienvenida. El precio realmente muy bueno.
Allí pasamos dos noches entre las cuales nos acercamos a Paramaribo en taxi para dar un paseo y acudir a una cita con Julien que nos había invitado a cenar. Nos llevó a un restaurante Javanés y fue una orgía de comer. Todo muy bueno aunque yo no probé el pollo y no puedo juzgarlo.
La ciudad es un crisol de razas: javaneses, indúes, musulmanes de todas las procedencias cohabitan en ella parece que pacíficamente. De hecho la principal mezquita está en una finca contigua con la principal sinagoga. Los palestinos y los israelitas deberían pasar una temporada en Paramaribo.
Partimos al día siguiente para pasar dos días visitando en el interior el embalse de Brokopondo y la Reserva Natural de Bronswerg en donde nos instalamos tras trece kilómetros de pista bastante complicada para el tamaño de nuestro camión. Es bonito y agradable, sin nada espectacular, pero varios paseos por la selva nos permitieron ver aves y sobre todo mariposas de todos los tamaños y colores. También monos, agutíes, lagartos…
Disfrutamos de estos paseos todo lo que el agobiante calor y un millón de enormes moscas parecidas a tábanos nos permitió.
De vuelta al camping de Paramaribo para pasar allí una noche antes de realizar una visita a la ciudad y poner rumbo a Guyana.
La ciudad es muy agradable. El centro mantiene amplias calles bordeadas de bonitas construcciones de madera de estilo holandés bastante bien mantenidas en general. Muy bonita la catedral de San Pedro y San Pablo que pasa por ser el mayor edificio de madera de toda América del Sur.
Después de comer arrancamos para recorrer algunos kilómetros hacia Guyana. La posibilidad de encontrar un lugar adecuado para pasar la noche se estaba poniendo difícil cuando encontramos una plaza en un pueblo llamado Hamilton entre la escuela, la iglesia y el cementerio que resultó un lugar muy agradable y en el que pasamos una tranquila noche.
Ya por la mañana, en algo más de una hora y media llegábamos Neuw Nikkery, en donde antes de entrar nos dirigimos al embarcadero para informarnos sobre el ferry que cruza al otro lado de la frontera con intención de regresar a la ciudad tras informarnos. Sin embargo, una vez allí supimos que salía una balsa a mediodía y tras una rápida comida realizamos los engorrosos trámites de aduana y compra del billete del ferry a un precio abusivo.
Sobre las dos de la tarde y bajo un calor aplastante desembarcábamos en Guyana. Nuevos engorros para pasar la aduana, todo en inglés, nuevo seguro para el camión y sin inspección alguna de nuestra casa empezamos a rodar por el país. Hicimos casi cien kilómetros por una carretera que era más bien la calle central de un interminable pueblo lleno de casas espectaculares situadas en ambas orillas de la vía que recorríamos. Las casas, más bien palacios, perfectas en su conservación, pintadas de todos los colores y casi siempre con símbolos alusivos a la procedencia de sus moradores, desentonan en un entorno bastante sucio y desorganizado, caótico en cuanto a la circulación (por la izquierda) y con total ausencia de indicaciones de dirección.
Con la noche ya aproximándose conseguimos encontrar un rincón a la afueras de un pueblo tras pasar el puente del río Berbice que es de peaje pagadero en función del peso y tiene la báscula trucada. Nuestro camión pesó ¡12.465 Kg!
Noche calurosa aunque tranquila y llegada a Georgetown para instalarnos en los jardines de un recinto ferial que habíamos encontrado en Ioverlander también.
Allí pasamos dos noches aprovechando el día entre ambas para hacer algunas labores de mantenimiento como reapretar los tornillos de los soportes de carrocería preparando el camión para afrontar la famosa pista desde Georgetown a Lethem.
Por la mañana salimos para hacer alguna compra y buscar la tienda de neumáticos de la que nos habían dado datos los alemanes que cruzamos en Brasil. La tienda estaba cerrada porque era sábado y en estas andábamos cuando conocimos a una persona que se interesó por el camión.  Entablamos conversación y a partir de ese momento nuestros planes cambiaron totalmente. Nos llevó a llenar el depósito de agua que es una operación complicada en Georgetown  dada la pésima calidad del agua de la red pública. Luego nos situó al lado de su casa para acampar allí con wifi (la luz no fue posible ya que funcionan a 120 voltios). Por la tarde, junto con su mujer y sus hijos fuimos a cenar a un elegante hotel en el que, con música en directo y al lado de la piscina pasamos unas agradables horas de charla.
El día siguiente fuimos a conocer a la madre de su mujer que tenía un gran interés en conocernos y de nuevo pasamos la noche a la puerta de su casa.
Pasamos la siguiente jornada con la búsqueda de los neumáticos y la compra de los tiques para la balsa que es necesario tomar para completar la pista y recopilando toda la información de la que disponemos, entre la que no hay que olvidar la proporcionada por Colin, el propietario de un lodge situado al lado de esta ruta y al que contactamos por medio de Julien (la persona que conocimos en Paramaribo) y que se trata de una exhaustiva relación del estado de la pista y los lugares en los que se podría parar.
Encontramos neumáticos de fabricación rusa, de nuestra medida a buen precio y cunado ya nos las prometíamos felices, ¡eran para montar con cámara! Nuestro gozo en un pozo.
Con todo este bagaje tras una emotiva despedida de nuestros amigos emprendimos la aventura.
Los primeros 110 km están asfaltados y en buen estado hasta Linden en donde hicimos un alto para comer temprano con vistas a afrontar los primeros 110 km de pista de los que sabíamos que estaban en mal estado, contando con cinco horas antes de que llegara la noche. El estado de los primeros kilómetros nos hace concebir esperanzas que se van desvaneciendo rápidamente al constatar que todo lo que nos habían dicho sobre esta pista se había quedado corto. Finalmente llegamos a la estación de servicio “98 miles” con la noche recién caída y con el cuerpo machacado.
A cambio, el área de servicio era perfecta, limpísima y su propietario, Peter, tremendamente amable y servicial. Allí pasamos la primera noche.
Muy temprano estábamos de nuevo en marcha cubriendo los últimos kilómetros de aquel tramo terrible para llegar a la localidad de Mabura Hill en donde hay  un control de policía y una estación de peaje. Sin problemas con la policía pero tropezando de nuevo con la cerrazón mental de algunas personas en éste país para pagar el peaje, debido a la moneda y la tarifa que se empeñaron en aplicarnos.
A partir de aquí 126 km en bastante buen estado hasta llegar al río Esequivo que hay que cruzar en balsa. Tras una breve espera colocamos el camión sobre la ruinosa embarcación y cruzamos el bonito río. Ya en la otra orilla, ante la perspectiva de llegada de la noche antes de alcanzar el siguiente punto seguro para pernoctar, decidimos acercarnos a la reserva de Iwokrama que está allí mismo. Se trata de una magnífica reserva de fauna y flora en la que se ha construido un bonito lodge, todo ello gestionado por indígenas en plan “sostenible”. La idea es magnífica ya que proporciona trabajo a las personas y les hace entender lo que tienen y como conservarlo, pero sin embargo cometen errores de bulto. Pedimos permiso para estacionar nuestro camión para la noche y nos informamos de las actividades que ofrecen como recorridos guiados por la selva, avistamiento de caimanes y aves, etc.
Pues bien, por estacionar (exclusivamente) nuestro camión en una pradera para pasar la noche pretendían cobrarnos ¡50 dólares USA!.
Visto lo cual retornamos a la carretera y nos instalamos al lado del puesto de policía en donde pasamos una tranquila y barata noche.
De nuevo en marcha, otros 120 km en buen estado nos llevaron hasta Annai, en donde está el lodge de Colin.
Llegamos a la hora de comer y nos instalamos allí. Es una buena instalación con alojamientos en cabañas, restaurante y organización de excursiones por los alrededores, sin embargo al día siguiente de nuestra llegada se iba a celebrar un macro festival de música que prometía noches movidas, por lo que tras pasar una relajada tarde y una tranquila noche retomamos la ruta que en una nueva etapa de 130 km nos pondría en la frontera.
No se puede decir que nos esperaba lo peor del recorrido, pero faltaría muy poco. Hicimos la primera parte del recorrido detrás de Vicente, un original personaje de procedencia belga y afincado en Colorado (USA) que con un magnífico Dodge Ram y un ruinoso remolque en el que lleva instalado ¡un piano! que toca todas las noches y que parece tener el objetivo de viajar “de gorra” consiguiendo ser invitado permanentemente. El ruinoso remolque había cedido a la dureza de la pista y a fin de acompañarlo hasta un lugar en donde pudieran repararlo nos hizo rodar muy despacio durante un par de horas.
Una vez que se quedó en manos expertas, nosotros hicimos una rápida comida y afrontamos los terribles kilómetros finales. La pista más que tôle ondulée presentaba un tsunami de ondas de una altura que jamás habíamos visto.
Por fin la frontera. Sin problemas para salir de Guyana y con el corazón en un puño para entrar en Brasil, ya que según que interpretación de la norma hicieran, podían faltar unos 36 días para que nos permitieran entrar en el país y la perspectiva de volver atrás era impensable. Estábamos en una ratonera y por eso, cuando vimos que cogía el tampón y sellaba el pasaporte de Pilar tuvimos ganas de dar saltos en el aire.
¡Estábamos en Brasil!
130 km de magnífica carretera y a las puertas de Boa Vista pernoctamos en una estación de servicio.





























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